Butaca 7: Nacido para perder

Por Omar Saade

Miguel alias El Keki le fascinaban las broncas. Siempre perdía, porque además de ser torpe con los puños, era escuálido y corto de estatura. Pero no escarmentaba…

No te entiendo, Keki, le decía. Si no sabes pelear y eres tan enclenque y zotaco ¿por qué buscas camorra, a qué le tiras…?

“Pos nomás pol pulo gusto, álabe”, respondía con su vocecilla infantil y curiosa, ya que pronunciaba la ere como ele, debido a que en una de tantas broncas perdió un trozo de lengua…

Me le quedé mirando, extrañado. Era ilógico. Eso de ser perdedor nato y buscapleitos debía tener una explicación. ¿Es masoquista, le gusta que lo golpeen, lo disfruta…?

A su manera, me confiaba muy ufano: “No siemple pieldo, he ganado algunas…”

O sea que sí tenía pundonor, orgullo camorrista. Se jactaba de sus victorias (que nunca me tocó en suerte ver) y le encabronaba si le recordaban sus incontables derrotas.

Una de las pistas de su adicción a las broncas me la daban, al parecer, sus rivales: Nunca le buscó pleito a los chaparros feos. Era selectivo…

Provocaba únicamente a los que estaban físicamente mejor agraciados que él.

Al Keki le irritaba la presencia de los jóvenes altos, guapos y bien vestidos. “Maricones”, les gritaba.

Su estatura rasguñaba con apuros el metro y medio. Parecía un changuito, por sus rasgos faciales simiescos y morenos. A pesar de ser flacos y cortos, sus brazos eran fuertes, porque de su padre heredó el oficio de excavar pozos para norias domésticas.

Su progenitor era muy corpulento y cuando concibió al Keki, debió ser en una noche de desgano…

En los billares La Cita de Ciudad Mante, su padre y el mío jugaban dominó. Eran amigos y El Keki lo sabía, así que por esa razón nunca me buscó bronca.

El Keki tendría nueve años de edad cuando lo conocí; acudía al billar a ofertar su mercancía: pepitas de calabaza y de girasol tostadas.

Mientras yo jugaba carambola libre, se sentaba a ver el partido. Le compraba una o dos bolsitas y el sonreía agradecido. Sabía que yo era su cliente cautivo.

Como era un chiquillo, no podía jugar billar y yo percibía en sus inquietos ojillos sus ansias de participar. Me preguntaba que cómo le hacía para “jalar” o “correr” la bola y le explicaba: si le picas abajo, retrocede, pero no le piques muy abajo porque te puede hacer “chis” y romperías el paño. Y para que corra hacia delante, le picas arriba…

Estas y otras instrucciones le fueron dando idea de cómo dirigir la bola, de cómo “armar” para seguir haciendo carambolas.

Cuando por fin liberó su cartilla militar que se exigía en los billares como comprobante de mayoría de edad, empezó a jugar como loco. Quería desquitarse del largo período que se pasó en las bancas como mirón.

Y a mediados de la década de los setenta ya era un diestro carambolero, así que me retaba a jugar.

Se metía tanto en el juego, que batallaba para ganarle. Y cuando me llegaba a ganar, lo festejaba ruidosamente y durante días le platicaba a todo mundo la hazaña…

Para entonces, ya jugábamos en el billar “Rodríguez” de la calle Canales, porque ofrecía mejor servicio que su principal competidor La Cita y por ende, era el sitio predilecto de los jóvenes riquillos, los juniors del pueblo.

Ellos jugaban entre sí y desdeñaban a los jugadores que no eran de su clase, de manera que cuando El Keki, feíto y mal vestido, les pedía participar, se sentía ofendido si lo rechazaban.

Empezó a tomarles tirria a esos atildados mozalbetes y si no les buscaba bronca era porque el encargado del billar ya no le daba “tiempo” –servicio- a los camorristas.

El problema surgía cuando El Keki se iba a una cantina. Se zampaba varios “Colosos” (cerveza) con tequila, luego se tragaba no sé qué pastillas y…adiós cordura.

Ya “cruzado”, se dirigía al billar y paraba en la entrada; recorría con su turbia mirada las mesas de juego para saber en cuál estaban jugando los “juniors” y en tal dirección se encaminaba.

Pedía participar y ante el obvio rechazo, ya tenía pretexto para armar la camorra que iniciaba a su estilo: levantaba la mesa de un costado y movía todas las bolas.

Intervenía el coime para hacer entrar en razón a El Keki y al mismo tiempo, calmar a los enardecidos juniors.

Cuando El Keki andaba cruzado la agarraba contra todo aquél que le hablara “golpeado”, así que había que disuadirlo con maña y tacto: el coime, temblándole las corvas, le echaba un brazo al cuello y con voz melosa le decía: “Que pasó, manito, tranquilo” y se lo llevaba.

Le daba dinero para que se fuera a echar unas cervezas, pero El Keki retornaba horas más tarde aún más trastornado y belicoso, y otra vez…a levantar mesas. La bronca era inevitable…

Quería pleito y no cedería hasta detonarlo. Cuando al fin estallaba, lo tundían a golpes pero no lo sometían, porque se levantaba sangrante y enfurecido, agarraba un taco para usarlo como arma o bien, tomaba varias bolas que lanzaba contra los atacantes. Cuando esto ocurría, todo mundo se agachaba y refugiaba para no ser desnucado…

Como los golpes no le hacían mella, lo tiraban al piso e inmovilizaban mientras llegaba la policía.

Al día siguiente, El Keki llegaba al billar muy quitado de la pena. Andaba sobrio y sin recordar lo ocurrido, volvía a ser el de siempre: dicharachero, amistoso y servicial.

Sobre todo, servicial, porque si a alguien se le ponchaba una llanta y había que cambiarla, El Keki se ofrecía en el acto; si lo mandaban a comprar cigarros o una torta, jamás se negaba. Y lo más curioso es que se ofendía si le querían dar propina:

“No soy limosnero”, reclamaba irritado.

Hasta en eso, en recompensarle el favor, había qué tener mucho tiento, así que para convencerlo se le hablaba en tono afectuoso: “Orale mi Keki, tómese una Coca…”

Ayudaba –sin ser empleado y por tanto, sin derecho a sueldo- a hacer el aseo del billar, que dejaba rechinando de limpio (incluyendo los sanitarios); auxiliaba al coime a atender el servicio en las mesas: las aspiraba y cepillaba cuando dejaban de ser usadas y recogía o llevaba los “ruedos”. Por eso, se le perdonaban las broncas y además, cuando jugaba carambola y perdía le cobraban la mitad o no le cobraban si había poca clientela –en las horas “muertas”-.

“Cuando anda en su juicio es muy buen cuate: servicial, simpático…

El atardecer de un viernes llegué al billar y me detuve en la puerta porque estaba en su apogeo otro pleito del Keki.

“Qué bueno que llegaste, porque a ti sí te hace caso, cálmalo…”, me dijo el coime.

El Keki empuñaba una bola negra (la bola Ocho, que era su favorita –no sé por qué- para machacar cráneos). Lanzaba todas, menos ésa y con ella finteaba a un joven muy alto y pulcro que yo no conocía.

“Ya seleccionó como víctima a un riquillo de porte fino, su blanco favorito”, pensé al ver la escena.

El joven vestía pantalón negro, camisa blanca de manga larga, zapatos de charol. Su cabello negro y brillante cortado al “rap” (era la moda).

Por sus rasgos faciales evidenciaba que era de buena crianza. Su estatura andaría arriba de 1.80 metros y como era muy flaco, se veía más alto, así que a su lado El Keki parecía un pigmeo.

La escena me habría parecido chusca en otras circunstancias, algo así como ver a Benitín y Eneas, pero en el rostro del grandulón había furia y sin duda haría pedazos al chaparrito que lo hostigaba.

Al notar que me acercaba, El Keki me previno: “Tú no te metas, álabe, polque también te palto la madle”.

Finalmente logré pacificarlo. Me lo llevé a un bar donde le invité dos “colosos” con sus respectivos tequilas y luego al restaurante de Amparo Chiu.

Ahí ordenó cinco huevos crudos, hizo un orificio en el cascarón por el cual echó sal y los sorbió con exagerado deleite.

Pidió otros cinco que despachó en la misma forma, así como agua caliente para Nescafé. En la taza vertió casi medio frasco del soluble grano, puso dos cucharadas de sal y bebió a sorbitos con sumo deleite…

Todo esto le divertía, porque sabía que me causaba asombro y yo, siguiéndole la corriente, me reía…

Luego lo trasladé en mi destartalado “Falcón” hasta su casa…

Regresé al billar y el joven alto y acicalado me dio las gracias efusivamente. Se identificó como Lino Korrodi e invitó a jugar carambola libre. A pesar de que yo era de los mejores en Mante, me derrotó, aunque apretadamente. Jugamos a cien y me dejó en noventa…

Al siguiente día me dio la revancha, pero esta vez le gané.

Y así se dieron los juegos durante varios días, al cabo de los cuales ya nos tratábamos con cordialidad. Este jueguito del billar tiene esa virtud: quienes juegan entre sí terminan siendo excelentes camaradas…

¿No ha llegado Korrodi?, le pregunté al coime un sábado.

“No, ya hace como una semana que no viene. Ese cuate se desaparece por meses, creo que trabaja en “el otro lado”.

Por sus amigos me enteré que se dedicaba a la compraventa de azúcar y exportaba miles de costales a los Estados Unidos para abastecer a la empresa Coca Cola. (Por envidia o no se qué, se rumoraba que la contrabandeaba).

Dejé de vivir en Mante, buscando nuevos derroteros en mi oficio de periodista.

De Lino Korrodi no supe nada durante más de treinta años e incluso ya me había olvidado de él,perohoraenteroquesehacoladoalequipodeLópezObrador, enunaposicióninvisible-comoaéllegusta.

En la cafetería que frecuento en Ciudad Victoria preguntan a los mantenses que si conocen a Korrodi. Los que dicen que sí lo conocieron o fueron sus amigos cuando él residía en Mante cuentan entre otras cosas que:

“Estuvimos juntos en la secundaria” o bien: “Nos íbamos de farra al “zumbido” (así le decían a la zona de tolerancia”.

Por mi parte, digo:

 “Jugábamos billar y me debe una: le quité de encima al Keki…”

Noticias Tamaulipas por Oscar Rafael Contreras Nava

Noticias Tamaulipas : Soy analista político por profesión, periodista por herencia . Nací en Tampico, casi me críe en Victoria, terminé primaria en Nuevo Laredo, pero la secundaria y la prepa en Tampico, la universidad en Monterrey en la UANL y he vivido en Reynosa, Matamoros, ciudad de México, Puebla, Cozumel y Cancún a ratos Monterrey...

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